
Las Lamias suelen ser muy hermosas, pero al no poder manifestarse en toda su belleza, suelen presentar alguna característica anormal, como patas de oca, gallina o cabra. Su pelo, largo, sedoso y brillante es normalmente rubio, pero al llegar la noche sufren una transformación y se vuelve blanco, sus ojos rojos y su piel se arruga como las viejas. De todas formas, gozan de una gran versatilidad, son de índole afable, caritativas, inofensivas y poseedoras de grandes secretos. Su zona se restringe a la cueva de Lezao. El vocablo "lamia" tiene su origen en la mitología griega, referido a ua reina de Frigia, famosa por su hermosura y su terrible crueldad, que acabó siendo transformada en fiera. En las leyendas de Euskadi conservó todo su carácter negativo y en otras regiones llegó a ser sinónimo de vampiro feroz, capaz de chupar la sangre a los niños. Así en Inglaterra adopta la forma de mujer muy seductora, cuyos pies son pezuñas de cabra que oculta bajo los plieges de su vestido verde. Seduce a los hombres y aprovecha el momento especial de aproximamiento del baile con ellos para chuparles la sangre cual vampira transilvánica. Por otro lado, paradójicamente, se muestra benigna con los niños y con los ancianos. Las lamias son esencialmente subterráneas. Construyen sus hogares bajo el suelo, en cuevas o cavernas, aunque pasan la mayor parte del tiempo cerca de los arroyos o de las fuentes que en general, se encuentran cerca de menhires o dólmenes, tratando por todos los medios absorver toda la energía que de ellos emana. Decoran con brillantez todas sus moradas y no aparecen en la superficie hasta que amanece. Sus cavernas se hallan repartidas por Urepel, Iriberri, Orozco, sierra de Entzia, Dima...etc. Dentro de la mitología de Euskadi, hay unos seres femeninos, generalmente asociados con los arroyos, ríos y fuentes, que son las lamias. Estas siempre se han asociado con las hadas, siendo inicialmente en la mitología unos seres femeninos que coexistían con las ninfas y las dianas. Con el tiempo y la llegada del cristianismo, las lamias llegaron a identificarse con seres malignos, e incluso con los súcubos, como una forma de acabar con el mito. Las lamias son aladas y muy bellas, con largas cabelleras doradas, pero con la peculiaridad de que sus pies son en realidad patas de ave palmípeda. Además son muy nobles y tienen un gran poder. Se dice que viven cientos de años, y que se alimentan de tocino, pan de trigo, sidra y la leche que les ofrecen los humanos. Habitan en las riberas de los ríos, entonando hermosas canciones con voz dulce y melodiosa, pero se sumergen en el agua cuando detectan alguna presencia humana. Habitualmente sólo salen a la superficie por las noches para lavar la ropa en el río, peinarse sus largas cabelleras con peines de oro y para hilar con la rueca. El peine de oro simboliza el poder material y, sobe todo, erótico de las lamias, y desde siempre, ha sido el objeto de deseo de los humanos, que intentaban conseguirlos por cualquier medio, provocando en ocasiones la ira de las lamias, que envolvían en desgracias a los ladrones hasta que devolvían el peine. Una leyenda de Azcarate, en las cercanías de Mendaro, cuenta que un hombre encontró un precioso peine de oro en un prado cercano, lo recogió y se lo llevó a su casa. Al día siguiente se encontró que todo el prado estaba lleno de piedras. Mientras observaba la escena atónito, se le acercó una lamia, y le dijo que si le devolvía el peine, desaparecerían las piedras del prado. El hombre devolvió el peine y, esa noche, las lamias quitaron las piedras del prado. Eran tantas, que cada lamia sólo tuvo que retirar una piedra. No siempre las lamias se mostraban tan amables. Otras leyendas, con diferentes versiones, cuentan cómo un hombre roba el peine de oro a una lamia, que lo persigue para recuperar su peina. Pero el hombre, más astuto que ella, se refugia en las zonas soleadas de los bosques, donde la lamia pierde su poder. Otras veces, las lamias amenazan con acabar con la descendencia de aquellos que osan arrebatarles su peine de oro. Pero las lamias también eran generosas con quienes les ayudaban. Solían regalar a los humanos objetos aparentemente sin valor, como tocino, miel, o cenizas, que se convertían en oro o plata, según el objeto elegido. Una leyenda cuenta que las lamias, en una ocasión, llamaron a la comadrona de un pueblo para que asistiera en el parto de una de las lamias. La comadrona llegó hasta la orilla del río y ayudó en el parto de la lamia, que, en agradecimiento, ofreció a la mujer un tarro de manteca y otro de miel. Le pidieron que escogiera el tarro que más deseara. Aunque le recomendaron aceptar el tarro de miel, la comadrona pensó que la manteca le sería más útil en su casa. Cuando llegó a casa, guardó el tarro de manteca, que, a la mañana siguiente, se había llenado de monedas de plata. Entonces comprendió que, si hubiera elegido el tarro de miel que le recomendaron las lamias, el tarro se hubiera llenado de monedas de oro. Las lamias ayudan en sus trabajos a los humanos que les dejan ofrendas por las noches. Se dice que algunos puentes fueron construidos por las lamias. Según las diferentes versiones de la leyenda, en pueblos de montaña, con accesos difíciles, los aldeanos planeaban construir puentes para mejorar las comunicaciones entre los pueblos, pero eran trabajos complicados, por la situación geográfica de dichos lugares, por lo que pedían ayuda a las lamias, dejándoles comida. Por la noche, cuando todos se habían acostado, las lamias levantaban el puente desde un extremo del río al otro.

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